13 de desembre 2005

Polonesos

C. de Turco

En un periódico encontré el siguiente anuncio: “Asumo la responsabilidad por cualquier cosa, precios moderados, calle Descuento 6, portal 2º desde el patio, planta 4ª, izq.”.
Me acababa de cortar al afeitarme y buscaba a alguien a quien culpar. Como no estoy casado, no tenía en casa a nadie a mano, y abordar a los transeúntes me daba cosa. Así que fui a la dirección indicada.
En la puerta encontré un rótulo: “C. de Turco” y una inscripción a lápiz: “Llame fuerte o dé una patada en la puerta”.
Me recibió un hombrecillo con perilla. Le expuse el asunto.
–Ningún problema –dijo–. De cosas mayores asumo la culpa. Son ciento veinte.
–¿Tan barato?
–¿Usted se extraña? Yo también. Pero no puedo pedir más porque me ha surgido competencia desleal.
–No me diga, pensaba que usted era el único en el sector.
–Qué va, apenas si puedo llegar a fin de mes, y todo por culpa de ellos.
–¿Por culpa de quiénes?
–¿No lo sabe? –y bajó la voz–: Hace tiempo que hubiesen acabado conmigo si no fuera porque conservo aún clientes de los antiguos. Pero cada vez menos, sabe, cada vez menos. Ellos controlan todo el negocio.
–¿Quiénes?
–¿Cómo que quiénes? Los judíos. Y lo peor de todo es que trabajan totalmente gratis.
Tuve una revelación. ¡Por qué no lo había pensado antes! Me di la vuelta y salí corriendo del piso de C. de Turco.
–¡Ciento diez! –exclamaba él asomando el cuerpo por el pasamanos, mientras yo bajaba a toda velocidad la escalera–. ¡Ochenta! Vale, que sean treinta, pero treinta, ¿eh? ¡Más barato, aunque me mate, no puedo!
No, si barato es, todo hay que decirlo, pero que se busque a otro tonto. ¿Para qué iba yo a pagar, cuando en otro lado no cuesta un duro?

Sławomir Mrożek, La mosca [traducció de Joanna Albin]